
FOTOGRAFÍA EN OLD TOWN SQUARE
¿Y tú qué miras, qué haces?
Pero eso vino después.
Pero eso vino después.
Antes fue la inmensa plaza. La atravesó sin percartarse de que había más gente. La cruzó sin ver. Sin ser consciente de que no era el único de ojos negros, ni el único de hombros caídos, ni el único que caminaba mirando al frente. Los obvió a todos. A los que eran como él y a los que no lo eran. A los que caminaban arrastrando los pies y a los que sonreían ligeros saltando por los adoquines. Cruzaba la plaza. Si llego hasta el final, saldrá bien. El pasado no existe.
Pero antes, antes de la plaza, el zaguán y la hoja blanca con trazos azules que querían enredarle, sé qué pasa, no lo hagas, quédate. Y él allí, en el zaguán, arrugando la hoja y guardándosela en el bolsillo mientras mira al frente. Delante el mundo es blanco y lleno de futuro, como una hoja de papel sin trazos. Delante, la otra espera. El hombre da un paso, avanza. Detrás, quedará aquella en la cocina, agarrada a pasados llenos de trazos azules que suplican quédate.
Porque antes, antes del paso y del zaguán, la cocina. Ella escribiendo en la hoja blanca, sé qué pasa, no lo hagas, quédate. Y él transformando las trazos azules en su coartada. Ahora vuelvo, mi amor. Cuatro pimientos, tres tomates, berenjenas si son baratas.
Porque antes, siempre antes, lo primero, él pensando en él.
Porque antes, siempre antes, lo primero, él pensando en él.
Luego vino la lista de la compra, quédate.
Después él en el zaguán y un paso hacia adelante.
Luego subir la calle, entrar en la plaza, cruzarla sin percartarse de que había más gente. La mirada negra, los hombros caídos, el pasado no existe, si llego hasta el final saldrá bien.
Después él en el zaguán y un paso hacia adelante.
Luego subir la calle, entrar en la plaza, cruzarla sin percartarse de que había más gente. La mirada negra, los hombros caídos, el pasado no existe, si llego hasta el final saldrá bien.
Y entonces, ¡clik!, la foto.
Se giró rápido, asustado, grande en furia y pequeño en miedo.
¿Y tú qué miras, qué haces?
El fotógrafo apartó la cámara tranquilo. Sonrió satisfecho, intuyendo haber atrapado un no sé qué en aquel hombre, algo que sólo una lente podía atrapar. Y, deseando captar nuevos invisibles, pasó el carrete y cruzó la plaza.
Se giró rápido, asustado, grande en furia y pequeño en miedo.
¿Y tú qué miras, qué haces?
El fotógrafo apartó la cámara tranquilo. Sonrió satisfecho, intuyendo haber atrapado un no sé qué en aquel hombre, algo que sólo una lente podía atrapar. Y, deseando captar nuevos invisibles, pasó el carrete y cruzó la plaza.
Lo sabe todo, se dice. Y no puede dar más pasos ni llegar hasta el final. Porque la foto le ha llenado el cuerpo de trazos azules de presente y pasado. Delante ya no hay otras que esperan, ni hojas en blanco como un futuro. El hombre de hombros caídos, el hombre de ojos negros, el que ya no camina mirando al frente, saca del bolsillo la lista de la compra. La desarruga con los ojos cerrados mientras suplica que le abandone el vértigo. Ahora y ya.


